domingo, 29 de abril de 2007

Inteligencia Emocional I

Inteligencia emocional: Aprender a vivir las emociones.

La mayor parte de las habilidades para conseguir una vida satisfactoria son de carácter emocional, no intelectual.
Hemos aprendido desde pequeños que el sentimentalismo (así se ha llamado al hábito de sentir a flor de piel las emociones y a mostrar en público esa forma de interpretar las vivencias) era propio de personas débiles, inmaduras, con déficit de autocontrol.

Además, se ha extendido en nuestro imaginario colectivo el lugar común, machista como pocos, de que las emociones o -más aún- el llanto, pertenecen al ámbito de lo femenino. Sin embargo, todo evoluciona y va ganando terreno la convicción de que vivir las emociones es un elemento insustituible en la maduración personal y en el desarrollo de la inteligencia.

Tenemos muy en cuenta nuestro espacio intelectual y no sólo le hemos dedicado tiempo y esfuerzo, sino que incluso la valoración que hacemos de una persona pasa, en buena medida, por sus conocimientos y habilidades intelectuales. Desde la educación, tanto reglada como no académica, se nos ha motivado para que saquemos el máximo partido a nuestros recursos intelectuales.

Nadie discute la necesidad de adquirir conocimientos técnicos y culturales para prepararnos (y reciclarnos) para la vida profesional, pero en una equivocada estrategia de prioridades olvidamos a veces la importancia de educarnos para la vida emocional. Aprender a vivir es aprender a observar, analizar, recabar y utilizar el saber que vamos acumulando con el paso del tiempo.

Pero convertirnos en personas maduras, equilibradas, responsables y, por qué no decirlo, felices en la medida de lo posible, nos exige también saber distinguir, describir y atender los sentimientos. Y eso significa contextualizarlos, jerarquizarlos, interpretarlos y asumirlos. Porque cualquiera de nuestras reflexiones o actos en un momento determinado pueden verse “contaminados” por nuestro estado de ánimo e interferir negativamente en la resolución de un conflicto o en una decisión que tenemos que tomar.

Una habilidad muy especial.
Mimar nuestro momento emocional, aprender a expresar los sentimientos sin agresividad y sin culpabilizar a nadie, ponerles nombre, atenderlos y saber cómo descargarlos, es uno de los ejes de interpretación de lo que nos ocurre.
Cada vez que dudamos ante una decisión, que nos proponemos comprender una situación, no hacemos estas operaciones como lo haría un ordenador o cualquier otro ingenio de inteligencia artificial, sino que ponemos en juego, traemos a colación, todo nuestro bagaje personal (incluyendo lo que nos ha podido pasar hace un rato o unas horas) y el pesado fardo de nuestra herencia cultural.

De ahí que vivir nuestras emociones es una habilidad relacional que nos capacita como seres que se desarrollan en un contexto social. Sólo cuando conectamos con nuestros sentimientos, los atendemos y jerarquizamos, somos capaces de empatizar con los sentimientos y circunstancias de los demás.

No es más inteligente quien obtiene mejores calificaciones en sus estudios, sino quien pone en práctica habilidades que le ayudan a vivir en armonía consigo mismo y con su entorno. La mayor parte de las habilidades para conseguir una vida satisfactoria son de carácter emocional, no intelectual. Los profesionales más brillantes no son los que tienen el mejor expediente académico, sino los que han sabido “buscarse la vida” y exprimir al máximo sus habilidades.

Aprender a desarrollar la Inteligencia Emocional.
Esta sociedad de las “buenas maneras” y el control social han hecho de nosotros auténticos robots de las apariencias.
En la Universidad de Málaga los doctores Fernández Berrocal y Extremera han abordado la inteligencia emocional como la habilidad (esencial) de las personas para atender y percibir los sentimientos de forma apropiada y precisa, la capacidad para asimilarlos y comprenderlos adecuadamente y la destreza para regular y modificar nuestro estado de ánimo o el de los demás.

En la inteligencia emocional se contemplan cuatro componentes:
Percepción y expresión emocional. Se trata de reconocer de manera consciente qué emociones tenemos, identificar qué sentimos y ser capaces de verbalizarlas. Una buena percepción significa saber interpretar nuestros sentimientos y vivirlos adecuadamente, lo que nos permitirá estar más preparados para controlarlos y no dejarnos arrastrar por los impulsos.

Facilitación emocional, o capacidad para producir sentimientos que acompañen nuestros pensamientos. Si las emociones se ponen al servicio del pensamiento nos ayudan a tomar mejor las decisiones y a razonar de forma más inteligente. El cómo nos sentimos va a influir decisivamente en nuestros pensamientos y en nuestra capacidad de deducción lógica.

Comprensión emocional. Hace referencia a entender lo que nos pasa a nivel emocional, integrarlo en nuestro pensamiento y ser conscientes de la complejidad de los cambios emocionales. Para entender los sentimientos de los demás, hay que entender los propios. Cuáles son nuestras necesidades y deseos, qué cosas, personas o situaciones nos causan determinados sentimientos, qué pensamientos generan las diversas emociones, cómo nos afectan y qué consecuencias y reacciones propician.

Empatizar supone sintonizar, ponerse en el lugar del otro, ser consciente de sus sentimientos. Hay personas que no entienden a los demás no por falta de inteligencia, sino porque no han vivido experiencias emocionales o no han sabido gestionarlas.

Quién no ha experimentado la ruptura de pareja o el sentimiento de orfandad por la pérdida de un ser querido, es difícil que se haga cargo de lo que sufren quienes pasan por esa situación. Incluso cuando se han vivido por experiencias de ese tipo, si no se ha hecho el esfuerzo de vivirlas de manera explícita aceptándolas e integrándolas, no estarán suficientemente capacitados para la comprensión emocional inteligente.

Regulación emocional, o capacidad para dirigir y manejar las emociones de una forma eficaz. Es la capacidad de evitar respuestas incontroladas en situaciones de ira, provocación o miedo. Supone también percibir nuestro estado afectivo sin dejarnos arrollar por él, de manera que no obstaculice nuestra forma de razonar y podamos tomar decisiones de acuerdo con nuestros valores y las normas sociales y culturales.

Estas cuatro habilidades están ligadas entre sí en la medida en que es necesario ser conscientes de cuáles son nuestras emociones si queremos vivirlas adecuadamente.
Gestionar adecuadamente las emociones supone:
· No someterlas a censura. Las emociones no son buenas o malas, salvo cuando por nuestra falta de habilidad hacen daño, a nosotros o a otras personas.
· Permanecer atentos a las señales emocionales, tanto a nivel físico como psicológico.
· Investigar cuáles son las situaciones que desencadenan esas emociones.
· Designar de forma concreta los sentimientos y señalar las sensaciones que se reflejan en nuestro cuerpo, en lugar de hacer una descripción general (“estoy triste”, “estoy nervioso”…).
· Descargar físicamente el malestar o la ansiedad que nos generan las emociones.
· Expresar nuestros sentimientos a la persona que los ha desencadenado, sin acusaciones ni malas formas y detallando qué situación o conducta es la que nos ha afectado.
· No esperar a que se dé la situación idónea para comunicar los sentimientos, tomar la iniciativa.

Gestionar bien las emociones, decisivo: Ser inteligente no supone equilibrio ni felicidad.
No es que sea muy inteligente; es listo, que no es lo mismo”.
Las últimas teorías psicológicas hablan de la Inteligencia Emocional como nuevo concepto, si no contrapuesto sí distinto a la inteligencia “de toda la vida”, la asociada al coeficiente intelectual, a la cultura, a los títulos universitarios y a las destrezas lógicas, numéricas o gráficas.

En realidad, estas nuevas teorías no hacen sino racionalizar y estructurar lo que ya sabíamos o presumíamos. Estamos acostumbrados a que personas sin estudios cualificados ni mucha cultura triunfen en casi todo lo que se proponen.

Y, al revés, no nos llama la atención que otros individuos muy inteligentes (que entienden todo a la primera, incluso las ideas más complejas; que resumen un libro como si fueran críticos profesionales o que memorizan casi inmediatamente lo que a la mayoría les cuesta horrores) no progresen o no encuentren su sitio en lo profesional ni en lo personal.

Esta aparente contradicción se debe a que hay personas que, si bien no brillan en lo estrictamente racional, son muy habilidosos, muy inteligentes en la gestión de sus emociones y sentimientos. Son, en esta parcela tan relacionada con nuestra calidad de vida, más creativos, eficaces y listos que un eminente catedrático de filosofía o ingeniería industrial.

Hay otra forma de ser inteligente: la de las emociones y sentimientos. Algunos individuos saben afrontar las situaciones y salen airosos de acuciantes problemas mientras otros fracasan y se hunden ante obstáculos nimios.

La inteligencia emocional juega un papel decisivo en la explicación a esta bipolaridad tan común. Lograr lo que nos interesa depende más de nuestra capacidad de vivir, de escrutar los problemas y canalizar nuestras emociones, que del razonamiento abstracto o nuestra capacidad para resolver problemas matemáticos.

La historia nos habla de genios (científicos, intelectuales, artistas, políticos, ...) cuya vida personal fue un patético desastre. Y, sin embargo, nuestro entorno más inmediato nos muestra personas normales que llevan su existencia (la idea que uno tiene de sí mismo, las relaciones de pareja, las amistades, el trabajo o la capacidad de ser un buen padre o madre) de manera admirable.

El complejo mundo de las emociones interviene en cómo resolvemos los problemas. Además, las emociones positivas pueden alterar la organización de la memoria, de modo que se integre mejor el material cognitivo y que ideas antes dispersas surjan relacionadas y fáciles de recordar.

Salovey, investigador de Yale, USA, define la inteligencia emocional como “una parte de la inteligencia social, que concierne a la habilidad de comprender sentimientos propios y ajenos y de utilizarlos para nuestros pensamientos y acciones”. Y añade que una sociedad que no fomenta la inteligencia emocional crea individuos insatisfechos e insolidarios.

El coeficiente intelectual no lo es todo.
Otro especialista en esta materia, Goleman, autor del libro “Inteligencia Emocional”, reconoce que no existen pruebas para determinar la inteligencia emocional equiparables a los ya estandarizados tests que miden el coeficiente intelectual de las personas.
Pero asegura que las habilidades emocionales son a veces más importantes para nuestro futuro que ese coeficiente.

Aunque los individuos con alto coeficiente intelectual son ambiciosos, productivos e incluso tenaces y despreocupados, según este autor, son frecuentemente fríos, inhibidos, inexpresivos, aburridos, quisquillosos e incómodos con la sensualidad.
En cambio, las personas con gran capacidad emocional son más comunicativos y agradables y están más a gusto consigo mismos y con los demás. Todos tenemos los dos tipos de inteligencia, si bien en distinta medida.

El coeficiente intelectual incluye habilidades como el razonamiento abstracto, verbal, numérico y espacial. Pero son muchas las situaciones en que el cerebro emocional “piensa” más rápido y mejor que el otro. Las decisiones trascendentales no son resultado de razonamientos abstractos. Están cargadas de sentimientos y visceralidades, noexplicables por la inteligencia lógica.

Desde pequeños, mejor.
Esta capacidad de vivir y manejar las emociones se aprende desde la infancia. Por ello, la familia es la escuela en la que el niño aprende, para bien o para mal, a desarrollar su inteligencia emocional.
Pero, desgraciadamente, los padres no siempre son conscientes de la trascendencia que reviste atender, integrar y conducir las emociones infantiles.

Los hijos de familias en que se han cultivado bien las emociones, son más sociables y mejores estudiantes, aunque su “otra” inteligencia, la lógica, no sea brillante. Si bien es cierto que la familia y la escuela son fundamentales en el desarrollo de la inteligencia emocional, nunca es tarde para efectuar correcciones y adquirir nuevas habilidades en este terreno. Nos jugamos mucho en ello y, por muy adultos que seamos, podemos desarrollar un dominio más eficaz de las emociones. No olvidemos que las perturbaciones emocionales afectan a la salud.

Gestionar bien las emociones fuertes o negativas, aprender a vivirlas, puede potenciar nuestro sistema inmunológico y cardiovascular. Otra ventaja: en los procesos de selección de personal en las empresas, cada día que pasa se valoran más la madurez y estabilidad emocional de los aspirantes.
En la vida de pareja se ha comprobado, asimismo, que la estabilidad de la relación y el éxito en la toma de decisiones dependen mucho de la madurez y estabilidad emocional de sus miembros.

¿Soy emocionalmente inteligente?: cómo saberlo
Aunque no se puede medir psicométricamente con la exactitud con que se determina el coeficiente intelectual, hay indicadores de inteligencia emocional. Entre paréntesis, encontrará la respuesta que daría una persona emocionalmente inteligente a las siguientes cuestiones.
¿Sabe usted empatizar, es sensible ante las emociones ajenas? (Sí)
¿Controla adecuadamente sus impulsos? (Sí)
¿Cómo tolera las frustraciones? (Bien, con perspectiva e intentando positivizar)
¿Expresa controladamente sus sentimientos? (Sí)
¿Es capaz de afrontar serenamente los conflictos con otras personas? (Sí)
¿Cómo sale de los baches emocionales? ¿Derrotado? ¿Le duran mucho tiempo? (Con tranquilidad, fijándome en lo positivo de la nueva situación. Con fuerzas para empezar de nuevo. El bache se supera poco a poco, sin prisa, pero sin pausa)
Cuando se enfada ¿lo hace con quien debe y cuando debe? (Sí, exclusivamente)
¿Se prohíbe llorar? (No, a veces lo hago; y no pasa nada)
¿Le parece que reirse a carcajadas o contar chistes es frívolo? (No, en absoluto. El humor es maravilloso ) .

La Inteligencia Emocional se puede cultivar.

1.- Trabaje la empatía, ábrase a los demás. Obsérveles y escuche. Fíjese en sus gestos, en su
mirada, en su forma de hablar. Aprenda a sentir lo que ellos sienten.
2.- Cultive el autocontrol, pero sin suprimir las emociones. Observe y analice hasta qué punto
esos sentimientos son eficaces para algo. O si le hacen daño.
3.- Analice sus tensiones e instintos. Sin reprimirse, ponga orden y canalícelos.
4.- Rebobine. Después de una discusión o de un día triste, pregúntese por qué. Si su reacción fue
proporcionada, si merecía la pena haberse comportado así, ...
5.- Busque oportunidades para reir. La risa y el buen humor nos hacen más felices. Y, además,
parece que alargan la vida.
6.- El placer ayuda a vivir mejor las emociones. Búsquelo. Los instintos reprimidos dan lugar a
agresividades desplazadas.
7.- El mundo no se acaba hoy ni aquí. En situaciones graves o dramáticas, mire hacia detrás
(recuerde momentos de plenitud, todos los hemos vivido) y hacia delante (vendrán más).
Sobran los motivos para luchar. Un sólo instante de felicidad, aunque sea dentro de un año,
merece el esfuerzo que seamos capaces de hacer ahora.